Conozca como es la movida swinger en Uruguay

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Shakira, Freddy Mercury, Don Omar y REO Speedwagon se suceden, sin pausa y sin lógica, en la pantalla del televisor colgado en una pared. Hay un sauna seco y un sauna húmedo. Hay un par de mesas para sentarse, una bicicleta fija, un aparato para dorsales, dos vestuarios y dos baños grandes. Hay un jacuzzi con un hombre adentro. En torno a él están su pareja y una pareja conocida. Charlan animadamente, en distintos grados de desnudez, resaltada por las luces roja y azul. Hablan de sexo, de tamaños, de posiciones, intercambian experiencias sexuales, se animan a probar o a probarse otras experiencias sexuales, dicen que más tarde cae un matrimonio con "un tipo piola" y "una veterana que está buenísima", se ríen y cambian de tema, como haría cualquier grupo de amigos en una reunión: "Al final, ¿cómo le está yendo a tu hijo en el liceo?".


A pocas cuadras del Cementerio Central, en el límite entre barrio Sur y Palermo, detrás de una fachada que no dice absolutamente nada y no tiene nada llamativo, funciona un sauna swinger o un sauna mixto bajo códigos swinger, que para el caso es lo mismo. Mientras se desarrolla esta tertulia desnuda, una pareja da rienda suelta a su pasión en una de las cabinas ubicadas en el subsuelo; las paredes livianas hacen que esa pasión se note fuerte y clara. Es lo que quieren. Un tercero -nombre con que se denomina en el argot a un hombre solo (ver recuadro)- espera paciente en la puerta, toalla a la cintura y preservativo en la mano, a que se abra la cabina y saber si la pareja está afín a incluirlo en la acción. En ese mismo nivel, tres cómodos sillones largos están dispuestos en torno a una tevé gigante en el canal porno Venus. En la pantalla se ven cuerpos torneados y desproporcionados; en el sauna, en tres dimensiones, estos son más terrenales.


El concepto swinger viene del inglés swing (hamacarse, oscilar) y es bastante más que el intercambio de parejas, al que erróneamente se lo limita. Sus cultores saben que esto está bastante lejos de ser motivo de charla en la mesa familiar, por lo que la discreción es fundamental. También lo son el apego a unos códigos innegociables: un "no" es siempre un no, el uso de preservativo es obligatorio y esa entelequia definida como sentimientos no entra en juego. En octubre de 2000, el Electronic Journal of Human Sexuality lo definió como una práctica sexual no monogámica que puede ser experimentada en pareja. Analizado desde la década de 1950, en estudios muy germinales, con el tiempo se lo diferenció de las relaciones abiertas y ni que hablar del más en boga "poliamor".


"Es una modalidad de vínculos de pareja, en la que juega la pareja", dice a galería el presidente de la Academia Internacional de Sexología Médica, el uruguayo Santiago Cedrés, que desestima cualquier elemento patológico en esta práctica. "Es una táctica de enriquecimiento sexual que se hace desde la pareja para romper la rutina. Son consentidas y con códigos determinados". En su consultorio, en la clínica Plenus, solo en lo que va de este año ha tenido 53 consultas de parejas interesadas en esta movida, todas heterosexuales, todos entre 30 y 50 años, con un promedio de 13 meses de estar juntos.


"Es un picante y un aderezo a la pareja", dice Fabián (42). "Todas las personas tienen fantasías sexuales y acá no se reprimen, e incluso hacen participar a la pareja", añade Natalia (33, los nombres de ambos fueron cambiados para esta nota). La fantasía sexual, en este caso, es incluir a una(s) persona(s) más en la intimidad sexual. Ellos -él, fornido, de pelo morocho corto y tatuado; ella, delgada, rubia y lánguida- son pareja, son swingers y son los anfitriones de Punto Encuentros, un boliche para gente del ambiente ubicado en una casona en una transitada calle que pasa por el Prado, y que vista de afuera no tiene ningún elemento que llame la atención. Hace ocho años que funciona con un público variopinto en edad que se renueva constantemente. "Yo calculo que en Montevideo debe haber una pareja swinger por manzana, te lo apuesto", dice Fabián. Que haya una habitación swinger en un hotel de alta rotatividad de plaza habla de la existencia de mercado. El local festejó el mes pasado su aniversario en un evento en Atlántida al que asistieron 120 parejas, cuenta su responsable.


El sauna húmedo del local de barrio Sur/Palermo no tendrá más de cuatro metros cuadrados. Un hombre de físico bastante trabajado y una mujer menuda y bonita están teniendo relaciones sexuales en una butaca. En el pequeño recinto hay otros tres hombres -terceros- solos: con una leve caricia en la espalda de la joven uno de ellos "pide" sumarse, ambos acceden y la pareja se convierte en un trío. De los dos restantes, uno se masturba y el otro solo mira.


Terminada la faena, la pareja se ducha y se sienta en las mesas, en clara actitud de reposo. Los terceros que quedaron por fuera -en busca de tríos o de gang bangs- parecen rumiar su frustración. Algunos bajarán a las cabinas para saber si están ocupadas y con la puerta entreabierta, señal de que la pareja está afín a sumar más participantes. En el sauna seco, un hombre y una mujer se están practicando sexo oral. Otros dos hombres -uno muy delgado y de lentes; otro, calvo y con un abdomen prominente- y una mujer -robusta, madura y completamente desnuda- están en los sillones, observando en silencio lo que sucede en la pantalla de Venus, donde todo es desmesurado, atlético y desproporcionado.


Filtros. La licenciada en Trabajo Social Patricia Olivera realizó en 2014 el que posiblemente sea el único trabajo desde la academia sobre el mundo swinger en Uruguay. Lo hizo para aprobar (holgadamente, con 11) la materia Semanario Temático: ciudadanía sexual, mientras aún cursaba la Facultad de Ciencias Sociales en la Universidad de la República. A través del Facebook, medio habitual para insertarse en este mundillo, se contactó con 72 parejas y dueños de tres boliches de esta movida. Incluso fue a uno de ellos, precisamente Punto Encuentros.


Entre las conclusiones a las que arribó fue que las parejas swinger "se presentan como heterocentradas y heteronormativas" fuera del ambiente, que son primordialmente de "mediana edad, clase media-alta, profesionales calificados" y que "no plantean la exclusividad sexual como algo imprescindible dentro de la pareja".


No se ven parejas del mismo sexo en su local, aseguran Fabián y Natalia a galería. Claro, en el intercambio que luego hagan ya en la intimidad, el cielo es el límite según el deseo, la fantasía y el consentimiento de cada uno. Es común en este ambiente presentarse, como canta Pappo, juntos y a la par: "TatyAle", "LeoyLu", "FelyNoe", "VeroyGabi". Así aparecen en las cuentas de Facebook e incluso en las de Tinder, para que no queden dudas de cuál es la búsqueda. Ahora, una vez solos, Leo puede estar con Taty y Lu con Ale, tanto como Leo con Ale y Taty con Lu. Un sí también es un sí.


Obviamente, parafraseando a Maluma, el felices los cuatro (o los tres, o los diecisiete) no es para cualquiera. "Vos cruzás una línea muy fina. Le estás dando a tu pareja una herramienta para estar con otras personas. ¿Cuándo se da un engaño? ¿Una infidelidad? Cuando vos o tu pareja están con otra persona por fuera de este ambiente", dice Verónica, una empleada de 39 años que comenzó con la práctica swinger casi desde que se inició sexualmente, a los 18. "Siempre me dio curiosidad", sonríe. "Los sentimientos no se ponen en juego. Acá lo único que hay es deseos de estar con alguien más o que tu pareja participe. A mí, por caso, me gusta mucho ver a mi pareja con otra persona. Si te enganchás emocionalmente con otra persona, ahí sí estás engañando".


Los filtros empiezan en casa. "Este lugar no es como un boliche que vos pasaste por la calle, lo viste, te gustó y entraste. Antes de entrar acá, vos ya hablaste con tu pareja del deseo de incorporar a otra persona a tu vida sexual", dice Fabián, detrás de la barra de Punto Encuentros. La barra no llamaría la atención si no fuera por los torsos de unos maniquíes desnudos colgados y un dildo bien visible delante de las botellas de whisky, ginebra y ron. A lugares como este -o Compinche, otro club swinger que funciona por Sayago- se llega a través de Facebook. Desde ahí, los propios dueños se contactan con los interesados para dejar claro cómo son las cosas y separar la paja del trigo. Cuando hay fiestas, también son los dueños los que reciben a los visitantes para repetir los códigos: un no es un no, respeto, discreción, privacidad y uso del preservativo. "En ocho años nunca tuve un incidente, nunca debí echar a nadie. ¿Si impedí ingresos? No, a muchos no...", dice Fabián.


Lo económico también es un filtro, por más que nadie lo diga en voz alta: una persona puede gastar entre 600 y mil pesos en una noche en uno de estos clubes, entre consumiciones y tragos, estima Natalia. Una pareja puede llegar a gastar unos 1.500. A eso hay que sumarle locomoción y hotel de alta rotatividad. En el sauna, una pareja paga 250 pesos de entrada (bebidas y preservativos son aparte), un tercero $ 400 y una tercera entra gratis, lo que también da una idea de cuáles son las demandas del mercado. Por fuerza de los hechos, y si bien hay gente de todas las edades y todas las ocupaciones, esta práctica requiere dinero.


Discreción. "Lo que más me llamó la atención de ese ambiente es el respeto que hay. Se te acercan las parejas y te dan conversación, te preguntan qué cosas te gustan. Pero si decías que no, se iban sin problemas", dice Patricia Olivera a galería, cuando se le consulta sobre sus impresiones en el trabajo de campo.


Todos los participantes aseguran que para una mujer es un ambiente más amigable que un boliche común y corriente. Toda chica que haya ido a una discoteca a bailar sabe que un "no" (a bailar, a tomar algo, a charlar) es la antesala de una pesada insistencia a aceptar esa misma invitación rechazada directamente proporcional a la borrachera o falta de empatía del pesado de turno. Acá, una negativa se respeta religiosamente. "Acá, vos no vas a ver a un desubicado con una mujer. Primero, porque ella acá está con el marido o con el novio y les vas a tener que caer simpático a los dos, no solamente a ella. Y los excesos de alcohol y de drogas no están permitidos. A mí, la gente viene y me avisa lo que pasa, y además, yo estoy viendo. Lo mismo pasa con alguien que quiera cobrar por sexo", afirma Fabián.


Punto Encuentros funciona en una casona grande y añosa, bien cuidada, ambientada como un pub como cualquier otro. Si afuera no dice nada, adentro dice mucho: hay una cabina para DJ, pista de baile y un amplio salón de sillones; a la barra y sus particulares accesorios se les suman la luz roja tenue que lo ambienta, afiches eróticos y el de una conocida cadena de juguetes para adultos colocado al ingreso. Lo común es ver parejas bailando, riendo o conversando entre ellos. Los comportamientos extremos suelen darse en los más nuevos: o están arrinconados, casi asustados, o están como desatados tratando de enganchar una pareja cómplice. Las invitaciones a pasar a un lugar más íntimo se dan de forma más natural de lo que se cree.


Natalia abre los ojos, se encoge de hombros y aprieta la boca cuando se le pregunta si hay sexo en el propio establecimiento. "Discreción... acá facilitamos los encuentros. Existen los hoteles de alta rotatividad", sonríe. El local es grande y lleno de recovecos. "En todos estos lugares hay espacios privados para tener sexo", apunta por su lado Verónica. Lo más negativo en estos casos, subraya, "es el típico pajero que solo va a mirar, porque es como ver una porno en vivo".


Verónica, quien comenzó en la movida en una casa particular en El Pinar donde llegaron a reunirse hasta 15 parejas, comenta que por fuera de la vida swinger es posible tener un vínculo de amistad con los mismos que comparten fantasía, como si fueran compañeros de trabajo o facultad. "Con otras parejas hemos compartido salidas, vacaciones, incluso paseos con nuestros hijos, sin que se toque para nada al tema de la cama. Podés hablar de cualquier cosa, ¡como con tus amigos!". Ella es divorciada y tiene una hija de 15 años. "Cuando en Argentina salió el tema del 'poliamor' (en 2018, por el caso de Florencia Peña), ella me preguntó, surgió la charla y si bien no se lo admití del todo, se lo dejé como en stand by. Si con tu pareja vos tenés ganas de hacer ciertas cosas, a mí me parece bien".


Fabián tiene un hijo de 21 años fruto de una relación anterior a Natalia. Nunca fue a Punto Encuentros, aunque por supuesto sabe a qué se dedica el padre. "Entrar a la movida swinger es algo que tiene que elegir él". El estricto celo respecto a la privacidad que hay en la comunidad lo justifican por "lo hipócrita" que es la sociedad. "Y la vida que tenemos es totalmente normal, somos una comunidad más, como los metaleros, ¡no somos unos bichos raros! Somos más comunes que lo que la gente se imagina, y somos más que los que la gente se imagina también".


La mujer menuda y bonita y su compañero se retiran del sauna. Hay otra pareja en la cabina y un tercero muy atento a una escena de sexo lésbico en los sillones. El lugar empieza a vaciarse. "Es a suerte y verdad, hay noches que son mucho mejores", dice el flaco de lentes. A las afueras, en un auto un escalón por arriba de gama media, estacionado en doble fina en una calle ya muy dormida, baja una morocha muy bonita y vestida para matar o morir. Pregunta si adentro hay parejas y se desilusiona al escuchar que solo hay una. "¿Qué está pasando que la gente no quiere guerra?", se pregunta, se sube al auto y el conductor pone primera, con dirección al Parque Rodó.







GLOSARIO SWINGER


Ambiente: es una manera en que los swingers se refieren a su comunidad.


BDSM: sigla Bondage, Disciplina, Sumisión y Masoquismo; son prácticas sexuales extremas y no todos aceptan participar.


Blizz: en dos parejas heterosexuales, el acercamiento sexual (completo o no) entre las mujeres mientras los hombres son espectadores.


DP: sigla de Doble Penetración, en un trío compuesto por una mujer y dos hombres.


Full Swap o Full: intercambio total de parejas. Está todo permitido.


Gang Bang: una mujer (o un hombre) que mantiene relaciones sexuales con tres o más hombres. Si es el hombre el que tiene sexo con tres o más mujeres, es un Gang Bang reverso.


Glory Hole: o agujero glorioso, es un orificio hecho en las paredes, en los baños o en los espacios reservados, desde los cuales se puede observar personas manteniendo relaciones sexuales o tener sexo con una pared de por medio.


Palabras clave: las parejas se acercaron, pero en un momento alguien se sintió incómodo con la posibilidad de intercambiar. Se sugiere que cada pareja tenga una palabra codificada para decir que prefieren no seguir adelante sin que la otra pareja se ofenda. Por ejemplo: frutilla.


Terceros: personas solas que quieren interactuar sexualmente con una pareja y hacer un trío.


Soft: intercambio sexual sin penetración; por lo general, se trata de sexo oral.


Voyeur: básicamente, una persona que se mete en el ambiente solo a mirar. Si son parejas, en webs de la colectividad se las denomina "parejas iceberg".


LA DELGADA LÍNEA ROJA


"A un tipo de 40 capaz que le calienta estar con una pendeja de 20. Pero a mí me gustan mayores, son mejores", dice Verónica y sonríe, mientras toma un café con galería a la salida de su trabajo, por la Aguada. Es menuda, rellenita y tiene el pelo recogido. Pero se lo desata y se desata ella, mostrando fotos con pantalones de lycra, blusita justa, campera de cuero o poco y nada. Al poco tiempo de estar con su primer novio, a los 18 años, este le propuso hacer un trío con una mujer. Ella accedió y contrataron a una prostituta. Tanto le gustó, que a los pocos meses le hizo ella una contrapropuesta.


"Le dije que quería estar con muchos hombres, con cinco... no tuvo problema, él ya estaba en esa movida. Y yo ahora he hecho de todo", se vuelve a sonreír. Para más morbo, los cinco convocados eran compañeros de trabajo de ella. "Yo era la encargada, así que no les convenía hablar mucho (risas)... Era la manager de una empresa de catering que ya cerró. Tengo los mejores recuerdos...".


Verónica, hoy de 39 años, conoce la movida desde hace 20 años. Al pasar rumbo al supermercado al que iba en Ciudad de la Costa, notaba que la que atendía un pequeño local cercano, por avenida Calcagno, la miraba siempre al pasar. Un día, la mujer -cuarentona- se animó a hablarle: "Me gustás mucho vos y me gusta mucho tu novio... y a mi marido también". Les dijo que eran swingers, que practicaban el intercambio de parejas, les dijo "lo básico de lo básico" y les dejó el número telefónico. Un día, la curiosidad pudo más y llamaron. Fueron a su casa, donde los esperaron con una picada. En un momento, la anfitriona se quedó desnuda; Verónica aún estaba vestida. "Tranquila, la última palabra la tenés vos". Ella se dejó y le gustó. De inmediato, pasaron a formar parte de una comunidad swinger que se conectaba a través del MSN y se reunía en El Pinar. "Yo siempre fui la más chica, había parejas de hasta 70 años".


Respetuosa a rajatabla de los códigos, como el exmarido de Verónica, el padre de su hija adolescente, no quería saber nada con eso, estuvo doce años alejada de la movida. Cuando se divorció, se lo propuso a sus otras parejas posteriores. Uno de ellos agarró viaje. El engaño solo se da cuando la ruptura de la monogamia ocurre fuera del ámbito swinger.


Verónica también da consejos a la pareja que quiere meterse en este mundo: "Háganse una cuenta en Facebook en común, tipo LeoyVero, y bloqueás a toda tu familia y amigos, así no se enteran. Y ahí comenzás a buscar quién está en esto". Se divierte con la cara de sorpresa de un ajeno total, cuando cuenta cosas que para ella son tan normales como comer. "Esto transita en una línea muy fina". Y nunca vivió un momento violento, aunque sí varios incómodos.


"Una vez contactamos a una pareja. Ella era muy joven y el tipo tenía experiencia. Fuimos a tomar una cerveza y luego a un boliche swinger. Bailamos, mimoseamos y cuando fuimos a concretar en un espacio reservado, ella lo pasa muy lindo con mi pareja, pero cuando yo iba a estar con el tipo, se larga a llorar. Y, obviamente, como un no es un no, como ella no estaba afín a que yo estuviera con su pareja, eso no se dio, ¡pero no tuvo ninguna queja cuando ella pasó bomba con mi novio!". Cuenta que fueron a paliar su frustración buscando otra pareja; "esa noche sobraban", guiña un ojo.


QUE LAS PAREJAS SEAN PAREJAS


Santiago Cedrés, médico internista y sexólogo, descarta de plano que haya alguna patología -menos aún una parafilia- en esta práctica. Sí, en cambio, hace algunas precisiones. "He tenido pacientes que me han consultado y lo que yo sugiero es que se dé entre parejas... parejas. O sea, en cuanto a estilos de vida y edades. Está muy bien que se planteen qué es lo que se busca al inicio, porque quizá sea un punto de no retorno". Si no se maneja bien, la sal y pimienta que se le quiere poner a la pareja podría llevar a la ruptura de vínculos.


Este profesional sugiere que quien quiera ser swinger debe tener la necesaria autoestima y confianza en su pareja, porque las contrastaciones van a ser inevitables. "Al quitar la exclusividad sexual, ya entra en juego lo comparativo: tamaños, formas, disfrute. Eso exige una gran seguridad sexual; si te agarra flojo de eso, te hace bolsa". Ni que hablar, añade, que esta práctica está completamente contraindicada como recurso para curar una insatisfacción o disfunción sexual, o para salvar un matrimonio o noviazgo en crisis. En este caso, la enmienda puede ser muchísimo peor que el soneto. Inforem de Montevideo Portal

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